Ajena a lo desconocido. Siempre asustada. Muerta de miedo por el mundo que me rodea. Mientras todo el mundo corre, yo voy pasito a pasito... como una tortuga. Que al final es más rápida que la liebre que quiere ir a toda velocidad, y que se cansa cuando tiene la meta en frente de sus narices. Domingo, y para ser exactos, de buena mañana. Comienzo de una aventura que solo Dios sabía como acabaría. Una aventura que traería consigo experiencias buenas y también malas. Es decir, el bien y el mal haciendo su agosto en el mes de julio. Contradictorio, ¿no? El bien será siempre clave para disfrutar de momentos positivos y placenteros. El mal provocará fuertes tormentas, te hundirá en las profundidades del inmenso océano y al final... Después de todos los bucles que se forman en tu mente y que no te han dejado respirar, te habrá hecho más fuerte. Es como si de alguna manera la tormenta te hubiese electrocutado, te hubiese dejado cao y sin comerlo ni beberlo, te has despertado en una playa con unas ganas intensas de vivir. Pero claro, ahí no acaba la aventura. A veces es necesario darse un batacazo de los gordos. Entonces tu sub-consciente empieza a hablarte de forma que te das cuenta de la mentira en la que has vivido durante pocos días. Y ¡Pam! Hostia contra la pared. Como si estuvieses corriendo a la velocidad de un corredor profesional... sin parar. Todo sucede muy rápido. Demasiadas coincidencias, y celos que se acumulan como mariposas en el estómago. Con la diferencia de que los celos, son murciélagos que no paran de reconcomerte el estómago. Lo ves a distancia e intentas hacer como que no ocurre nada. Porque en realidad está todo en tu cabeza. (Sí, así me sentiré mejor) Es el típico pensamiento que utilizas para calmarte, pero que realmente no te calma. Ya que si miras en la dirección equivocada, te darás cuenta de que el mal está haciendo su agosto en el mes de julio. Es inevitable no sufrir. A lo mejor en eso consiste la vida... En sufrir, en darse batacazos, en llegar a la conclusión de que nada es lo que parece. Que muchas veces la Luna no busca al Sol, y el Sol no busca a la Luna. ¿Por qué? Mil motivos desconocidos que es preferible no conocer. Y lo peor de todo es que el mal no te deja quitarte la máscara y darte cuenta de que existen otras personas, que aunque de buenas a primeras pasen desapercibidas, tienen algo que en algún momento va a darle un giro de 90 grados a la historia. Que van a calar hondo y eso no lo vas a olvidar nunca:
Una noche en mitad de la aventura. Dos personas.
Una de ellas calla porque siente que se le han acabado las palabras... ya lo ha soltado todo. El mundo ya se le ha venido encima. Por lo tanto, no hay nada más que decir. Se ha quedado sin pelos sobre la lengua.
La otra persona, el sujeto que daría un giro de 90 grados a esa historia, caminaba por allí. Nunca había sido el centro de atención para ella. Pero esa noche, todo cambiaría.
Ella se lo contó. Le explicó toda la movida, que se había quedado sin cena y demás rollos.
Él lo sintió en el alma. Le dijo que si podía esperar al desayuno.
Ella no tenía ni idea de lo que estaba a punto de ocurrir... en cero coma.
Entonces él le abrió sus brazos de par en par. ¿Qué coño? Se pegó a él como un chicle en el pelo de un niño de seis años. El mal se había desvanecido... por completo. En su cuerpo ya no cabía la sensación de angustia permanente durante la cena. ¡A la mierda todo! pensó. ¡Que se pare el mundo! En cuestión de segundos sucedió. Ese momento en el que hubiera deseado quedarse ahí durante varias horas. Porque sencillamente y aunque ella nunca quiso verlo.
Él siempre estuvo ahí.
(como una caja de sorpresas a punto de abrirse en cualquier momento.)


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